Cuando era niña vivía la vida con intensidad, jamás me detenía, con la inocencia de un niño disfrutaba cada momento. Mis padres eran algo sobreprotectores, así que me la pasaba en mi habitación soñando con castillos de princesas y cuentos de hadas.
Entre semana después de clases, la ruta me dejaba en la casa de la Sra. Ángela, quien me cuidaba mientras mis padres llegaban del trabajo a eso de las 7 pm, relativamente.
Mis días en esa casa eran muy divertidos por que la Sra. Ángela tenía 3 hijos, dos mellizos mayores Boris y René, y un bebé de brazos, que no recuerdo su nombre. En ocasiones también venían más niños, que por dos días a la semana o de vez en cuando los dejaban con ella, pues tenía fama de cuidar niños muy bien. Al frente había un parque enorme en donde salíamos en las tardes después de hacer las tareas a jugar y correr como locos; luego , cansados siempre nos ofrecía onces deliciosas y a veces el sofá era el que sollozaba mi sueño hasta que mis padres llegaban. Y así eran todos mis días.
Un día después de clases mientras hacía la tarea, una niña empezó a llamarme desde el segundo piso, fui hasta la cocina y le pregunté a la Sra. Ángela, quien era esa niña, al parecer no respondió por que estaba echando chisme por teléfono. Como buen infante, salí curiosa y me encontré con una linda niña pelirroja llamada Marisol, me sentí plenamente identificada, jugábamos casi todos los días, generalmente nos maquillábamos y hacíamos concursos de belleza, para no pelear, ella ganaba uno y yo otro; a veces ni salíamos al parque, nos quedábamos haciendo tareas o sencillamente nos quedábamos dormidas.
En esa época vivíamos en Tibabuyes un barrio de la localidad de Suba, mi padre había perdido el empleo y con parte de la liquidación y la venta de la casa, nos fuimos a Ciudad Jardín a iniciar una nueva vida, mis padres compraron una panadería y aunque las cosas al comienzo fueron difíciles, con disciplina y esfuerzo las cosas parecían mejorar.
Hace 7 años volví a Tibabuyes a visitar a una amiga que acababa de tener bebé y cuando regresaba, me acerqué a la casa de la Sra. Ángela, los años habían pasado y eso pude verlo en su rostro, me reconoció de inmediato, tomamos café, hablamos de mi niñez y de algunas anécdotas de infancia, de sus hijos y su esposo. Ya para salir de la casa, le pregunté por Marisol, la niña que por tanto tiempo jugó conmigo. La sra. Angela quedó consternada y subió por un álbum de fotos que quería mostrarme.
Con llanto en los ojos abrió su álbum de fotos y me preguntó que si esa era la niña que había visto, yo sorprendida, le contesté que era ella, con la que jugué por cerca de dos años. Ella me miró asustada y me dijo: “Marisol, la niña con la que jugaste era mi hermana”, yo sin saberlo le pregunté: “¿entonces por que llora Sra. Ángela? Y me contestó: Porque mi hermana Marisol era mi hermana mayor y murió cuando yo tenía 5 años”. Su respuesta me consternó, no solo porque parecía irreal, sino porque conviví con su amistad por un buen tiempo, pensando que ella era real. Inmediatamente llamé a mi mamá para que fuera a recogerme.
Después de ese día entendí que no estamos solos y que para algunos es más fácil experimentar este tipo de situaciones increíbles y poco ciertas para otros.